Café con Ciencia

Memoria cultural

Escrito por: Ing. Ag. Emmanuel Herrera Martínez

Para entendernos como cultura en el presente, forzosamente debemos entender el pasado de la misma. Gracias a los avances de las ciencias naturales y sociales, hoy se pueden desarrollar diagnósticos, descripciones, análisis y obtener explicaciones que permitan categorizar, agrupar y plantear acciones, ante los nuevos retos que se enfrenta la civilización.

Al igual que Alfred Weber se lo cuestionaba en 1977, en su libro Historia de la Cultura, las preguntas que en su tiempo eran pertinentes y que al parecer siguen siendo vigentes y que permiten entender el estado cultural de una sociedad en su conjunto, obligan el planteamiento sobre el lugar en que nos encontramos dentro del flujo de la historia, como humanidad y cuál es el efecto de dicho flujo sobre el estado cultural actual. Walter Krickeberg, en su obra Las Antiguas Culturas Mexicanas, menciona dos circunstancias que son de llamar la atención, la forma cruel de destrucción de Tenochtitlan, ciudad que pertenecía a la cultura de la cual nos originamos, y dada la forma de desaparecer, explican las características que identificaban a los nuevos colonizadores y que nada tenían en común con los antiguos. Así, no hay puente que ligue el pasado al presente en este lugar histórico. Dos pueblos, culturas y maneras de pensar diametralmente opuestos se enfrentaron allí de manera brusca. Como de los toltecas y mixtecas, culturas antiguas mexicanas de las cuales se cuenta mayor información sobre su economía, cultura material, sociedad y gobierno, religión y manera de pensar, tal es que podemos observar algunas características del estado actual de nuestra cultura cafetícola mexicana.

Desde finales de la década que comprende el año de 1980, precedida por un auge especial en el crecimiento de los cultivos de café, complementado con el crecimiento de los rendimientos y los precios a los que se pagaba el producto de esta actividad, la cultura del café en México se encontró con ciertas circunstancias que al igual de intempestiva fue la destrucción del Imperio Azteca, así comenzó una nueva etapa de la cafeticultura.

La desintegración de la única entidad institucional que velaba por los intereses del sector cafetalero, la liberación de los precios del café, la desarticulación de las políticas agrícolas estatales y nacionales, la introducción de nuevos elementos fitopatológicos y dejar a su suerte a por lo menos 90 mil productores de café, del cual el 90% corresponde a pequeños productores y alrededor del 45% a productores de origen indígena, ha permitido que las personas que encontraban en esta actividad, una opción atractiva que les permitía permanecer en sus localidades, tener un estado de bienestar que ofrecía con regularidad un empleo y que satisfacía en su mayoría los requerimientos básicos para vivir, ya no lo sea.

El estado de inseguridad dentro de los cafetales en nada se parecía al actual, y no solamente hablamos del robo e instalación de otras actividades ilícitas que tienen como parapeto el café. Sino que también nos referimos al estado de conocimiento en el que se encuentra la mayoría de los productores de café, que permite que quienes conozcan a mayor profundidad el negocio, obtengan de manera injusta beneficios económicos, que defraudan al productor y al consumidor. El sector constituido por el conjunto de beneficiarios finales o consumidores, también padece niveles de ignorancia sobre lo que es el café y dada esta característica, también se le engaña sobre los productos que adquiere y sobre el valor real de lo que consume. Esta brecha del conocimiento permite un estancamiento en el sector primario de la cadena de valor y un mayor desarrollo para los sectores finales de la misma. Cuidar el estado actual de los procesos en que se desarrolla esta cultura, es apostar a perpetuar el continuo desgaste del marco de respeto en que se han suscrito los acuerdos sociales en que hemos decidido convivir. Necesitamos trascender a una nueva cultura de convivencia, una nueva cultura de consumo, en donde la lealtad, la honestidad, la justicia, la sinceridad, la solidaridad, la confianza, entre otros, sean nuevamente las condicionantes que establezcan un nuevo contexto común que permita una realidad objetiva y coherente que satisfaga y brinde mayor bienestar a la mayoría de los ciudadanos. Dejemos de replicar día a día, el actuar de los pueblos con conductas colonizadoras y comencemos por entender que el primer beneficiario de nuestra cafeticultura, es el pequeño producto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *